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Bellorín no es sólo
un artista excepcionalmente dotado, sino igualmente un creador culto
que ha seguido con singular destreza el desarrollo histórico
de la pintura y conoce cuántas evoluciones han experimentado
los estilos de la expresión. Esta especial oportunidad que
nos proporciona la exposición antológica del artista
en el "Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez",
ofrece al observador la posibilidad de comprobar, a lo largo de
tan extenso periplo, las particularidades, enriquecimientos, modificaciones,
sutiles cambios y acopio de sabiduría de uno de los más
finos artistas venezolanos de hoy. Cerciorarse, por ejemplo, cómo
a través de un poco más de tres décadas febriles
dedicadas a la creación, permanece fiel a su condición
de pintor clásico, conservando principios como el cerramiento
de las formas en líneas, aunque a veces su modelado es tan
suave, que logra superar el efecto plástico. Sobresale entre
sus virtudes la de un dibujante magistral. Se inclina a ver en siluetas.
Generalmente, táctil, raramente abandona la orientación
a la naturaleza, pero siempre es flexible, libre, fluido, sin que
deje de sorprendernos la presencia de diseños sin líneas,
sustituidas por valores yuxtapuestos.
Si hay en Bellorín un valor especial es el color. Ya en obras
de los años setenta y ochenta es visible su determinación
a otorgar al color papel protagónico. Tendencia que va a
llevarlo en plena madurez artística, a liberar los tonos
en juegos rítmicos inusuales que, aparte de alcanzar mayor
intensidad lumínica, otorgan al conjunto total esplendor
cromático, donde innumerables pinceladas cortas parecieran
evocar la ejundia y dinamismo de la gran música contemporánea.
Observaciones semejantes en cuanto al desarrollo técnico-espiritual
del artista y su deuda clásica, pueden hacerse en lo relativo
a la unidad en sus obras, Bellorín la alcanza haciendo que
las partes del cuadro actúen en forma independiente, como
órganos libres, ese es su método principal, porque
en muchos casos puede apreciarse que refuerza el poder del color
o de los tonos, "a la vista del espectador", como pedía
Wolfflin, mediante el uso en las sombras de complementarios. De
cómo el clásico buscó en el arsenal del barroco
un recurso noble, es asunto que este joven maestro, quien fue avanzando
a la par de los creadores múltiples del siglo, relata en
esta exposición. Cómo desarrolló su fuerza
analítica, hasta apropiarse de procedimientos legítimos
que le permitirán evolucionar y derivar de lo tectónico
a lo atectónico, de un estilo lineal a uno pictórico,
con el uso de una amplia técnica de síntesis proporcionada
por los diversos movimientos artísticos que agitan las artes
visuales.
José Francisco Bellorín concluye su formación
académica en la escuela Cristóbal Rojas de Caracas
a fines de los años cincuenta, precisamente los de mayor
agitación conceptual hasta hoy, en la historia de la pintura
venezolana. Fue en los cincuenta cuando las generaciones del Taller
Libre del Arte y los Disidentes conmovieron al mundo intelectual
venezolano con sus premisas novedosas sobre el arte. Década
durante la cual se expusieron por primera vez colectivas de obras
abstractas. Años del cinetismo y las primeras exposiciones
de Jesús Soto y de los coloritmos de Alejandro Otero. Días
de renovación en las ideas del arte tradicional venezolano.
También de la muerte y revalorización nacional de
Armando Reverón.
Acontecimientos que tenían que tocar la sensibilidad de los
jóvenes estudiantes del plantel que dirigía Francisco
Narváez. Cuando comienzan los sesenta, el flamante graduado
recorre los museos de París y se instala en Roma, donde comienza
a pintar con decisión. De pronto, viaja a Bélgica
donde estudia técnicas gráficas a fondo. Se mueve
como un péndulo y se escapa al norte de África. En
Marruecos, le conmueven las artesanías. Tiempo para reflexionar.
El arte ha despertado del sueño abstracto-concreto. Hizo
falta una segunda guerra mundial. Los artistas perseguidos por el
nazismo se refugiaron en Francia y allí brotó el cambio.
Los creadores de los cuarenta retornaron a la naturaleza. Primero
la abstracción lírica y enseguida el arte bruto. La
aparición de las formas nuevas. Para Hartung el mundo es
una raya. Para Debuffet embriaguez, azar, demencia. La pintura de
acción cubre el orbe. Reina el gesto automático, cuando
se cuela el Op-Art y con éste las artes del movimiento, en
plena competencia con el informalismo. La pintura abstracta se ha
integrado a la emoción, a la naturaleza interior. Es el momento
escogido por el hombre de Caripito para hacer su aparición
en París. Todo está patas arriba. Hay que serenarse.
Los museos y las galerías, hasta el tope de obras maestras.
El arte antiguo, el moderno, el de hoy. Tranquilo, el venezolano
trabaja. Picasso está en el fondo. La época azul.
La revisión del cubismo. Otros han descubierto en el cubismo
una posibilidad decorativa. Algo le atrae constantemente de la pintura
metafísica. En Roma, la cercanía de Carrá y
de Chirico. Le sacude Chagal. Todos preceden al surrealismo. Al
explorar, descubre que prefiere la figuración simbólica.
Max Ernst tiene mucho que decir. El criollo se bate en profundo.
Ha ido a Europa a comprender y eso hace. En la feroz lucha que se
entabla, no puede evitar verse atacado a dentelladas. Reencuentra
a Klee, a Kandinsky, se multiplican las telas manchadas. El surrealismo
soporta sentidos nuevos. El encuentro con Magritte es todo un acontecimiento
que perdura.
En 1965, de regreso. Le espera un nombramiento de profesor para
Maracaibo. Aquí está su destino. El amor. La pasión
de multiplicar sus ideas en alumnos. En la escuela "Julio Arraga"
descubrió a Filiberto Cuevas. Presta impulso a la gente de
"La Mandrágora". Maestro de Laura, de Luz Marina,
de Aguirre... Los titiriteros, los mismos, Blás Perozo. Una
marioneta se diseña así y así se le da vida.
Allí se encuentran, para hacer sus primeras exposiciones,
José Ramón Sánchez y Hernán Alvarado.
También Diego Barboza comparte el grupo. "El Negro"
como lo llama Mery, se incorpora a la Universidad del Zulia y funda
los talleres de artes gráficas. Maestro y líder dondequiera
que se encuentre, anima con sus afiches excepcionales y sus diseños
de libros y revistas y cuanta actividad de extensión impulsa
luz. Escenografías, vestuarios para el teatro y la extensión
de danza. La ciudad disfruta del estilo Bellorín, quién
mientras tanto funda con Mery una familia de hijos artistas y profesionales.
Su vocación viajera no lo abandona y con ellos se va a Europa
y México. Junto a Lía Bermúdez ejerce la cátedra
de comunicación gráfica de la Escuela de Periodismo,
y ahora mismo, los días lo encuentran organizando la Facultad
Experimental del Arte de Luz.
Lo más significativo que puede pensarse de Bellorín,
no es otra cosa que el hecho de encarnar el prototipo del artista
latinoamericano, que siendo como es, arraigado absolutamente a este
continente, a su tierra, es de una manera natural, universal. Creadores
de amplia mentalidad, conscientes de haber obtenido su equipamiento
en la cultura europea, haciéndola cosa propia, sin sentimiento
degradante alguno. Porque, como señalara Alfonso Reyes, practicamos
a Europa desde la escuela primaria. Y en eso los aventajamos, ciertamente,
advertidos como estamos de que, si por ahora nos corresponden funciones
de síntesis, permanecemos alertas a nuestro destino: realizar
la utopía. El éxito de nuestra narrativa novelesca,
fue un buen ejemplo. ¡Y pintores como Bellorín, otro!
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